La primera Luna llena tras el equinoccio de primavera marcaba a los judíos la Fiesta de la Paresceve que ellos enmarcan el primer mes del año (Ex 12,2), denominado en hebreo Nisán(=brote), porque en el fue liberado de la esclavitud de Egipto, cuyo culmen fue el paso milagroso  del mar Rojo. La Luna que marcaba un cambio de tiempo significaba para ellos una Nueva Era: la de la libertad para vivir como Pueblo de Dios.

La Pascua Cristiana, le da a esa fecha un nuevo sentido pues con la muerte y resurrección del Señor nacemos a la vida eterna al ser liberados del pecado que nos impedía su acceso. No se nos abre un nuevo tiempo sino una nueva Vida que queda bien simbolizada en el famoso Huevo de Pascua.  Nacemos por el Bautismo, nuevo paso por las Aguas, a la vida de Hijos de Dios y por ello herederos del Cielo. Esa vida germinando significa para nosotros no solo una vida más sino la Vida por excelencia, y así escribe san Juan al final de su Evangelio: “éstas se han escrito para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios; y para que al creer, tengáis vida en su nombre” (Jn 20,31).

Ahondemos en esta cincuentena Pascual lo que Jesús explica estos días a sus discípulos en las apariciones, “ ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto para entrar en su gloria? “(Lc 24,226)y así redescubramos en núcleo de nuestra Fe. Cristo ha resucitado para llevarnos con El al Infinito de su Amor y Misericordia haciéndonos a nosotros partícipes de su misión y destino.

A Santa María, Reina del cielo, acudamos para gozar de su compañía y si nos desviamos, por ella volveremos al Señor pues la invocamos como Vida, dulzura y esperanza nuestra.                     Feliz Pascua y que Dios os bendiga.